Por un instante, la comunidad UAP y parte del Congreso contuvieron la respiración. Tras años de audiencias, whistleblowers y promesas de mayor transparencia, parecía que por fin se abría una grieta real en el muro de la clasificación.
El 31 de marzo de 2026, la congresista Anna Paulina Luna, presidenta de la Task Force on the Declassification of Federal Secrets, envió una carta formal al Secretario de Guerra Pete Hegseth exigiendo la entrega —a más tardar el 14 de abril de 2026— de 46 videos clasificados de Unidentified Anomalous Phenomena (UAP) en poder de la All-domain Anomaly Resolution Office (AARO).
La lista era explosiva: formaciones de UAP sobre Irán (26 de agosto de 2022), aceleración instantánea en Siria (2021), objetos en forma de cigarro o esferas gordas, encuentros USO cerca de submarinos, avistamientos sobre bases sensibles, aeropuertos y zonas de conflicto.
Luna argumentó con dureza que la presencia de estos objetos en espacios aéreos restringidos representa una amenaza concreta a la seguridad nacional y a la preparación de las fuerzas armadas.
Criticó, además, las respuestas “insuficientes” y “menos que adecuadas” que AARO ha dado en audiencias previas.La expectativa era alta. Algunos hablaban de evidencia capaz de mantener ocupados a investigadores durante semanas.
Pero el plazo venció… y los videos no llegaron.
El 14 de abril de 2026 pasó sin entrega alguna, ni un solo archivo y ni siquiera una respuesta formal inicial.
Cuando el equipo de Luna contactó al Pentágono, la respuesta fue reveladora: parecía que la carta nunca había llegado a los canales correspondientes. “Qué conveniente”, escribió la propia congresista en X ese mismo día.
Luna no se quedó callada: “Obtendremos la lista solicitada. No estamos esperando un briefing en una fecha futura indeterminada. El Secretario de Guerra es alguien que considero un amigo y que respalda al Presidente. El Presidente ha autorizado la liberación, así que quien esté tratando de ser gracioso en el Pentágono puede irse a paseo”.
Y aquí surge la paradoja incómoda.La congresista reconoció, al menos implícitamente, que la solicitud no había transitado por los cauces legales formales del Departamento de Guerra ni de AARO, confió en su relación personal con Hegseth y en una supuesta orden presidencial directa.
Sin embargo, el Pentágono —con toda la razón institucional— señaló que nunca recibió la petición por los protocolos establecidos. Y tiene razón las solicitudes de información clasificada del Congreso deben seguir estrictos procedimientos de revisión, sanitización y entrega oficial, no basta una carta y una llamada informal.
El mensaje del Departamento de Guerra fue claro y lacónico: “Como con toda correspondencia congresional, responderemos directamente a los autores de la carta”.
Traducción de esta respuesta: nadie —ni una congresista de alto perfil, ni amistades personales, ni supuestas órdenes presidenciales informales— puede saltarse los mecanismos de desclasificación. La transparencia debe ser meticulosa para proteger fuentes, métodos y capacidades sensibles.
¿Qué revela entonces este episodio?Que la tensión entre el poder legislativo, que exige respuestas urgentes al pueblo, y el aparato militar-burocrático que prioriza el control y la lentitud, sigue intacta.
AARO insiste desde hace años en que la inmensa mayoría de los casos investigados (más del 95 % según sus reportes) se explican por drones, globos, aves, fallos de sensores o tecnología propia o adversaria.Los casos no resueltos siguen siendo pocos y con datos limitados. Pero cada vez que se frena una solicitud concreta como esta, la narrativa del encubrimiento gana fuerza.
Luna ha dejado claro que no se detendrá. “Obtendremos la lista”, reiteró.
El incidente expone, una vez más, las limitaciones reales del proceso de desclasificación UAP: avanza, sí, pero a paso burocrático, bajo reglas estrictas y con resistencias internas que nadie termina de explicar públicamente.
Por ahora, los 46 videos siguen clasificados. La decepción en la comunidad es palpable y la pregunta incómoda queda flotando: si realmente no hay nada que ocultar, ¿por qué es tan difícil entregar material que el propio Congreso solicita con nombre y fecha?El tiempo dirá si la Task Force logra forzar una entrega real y sustantiva, o si una vez más la burocracia del Pentágono gana la partida.
Por todo esto es fundamental para la seguridad nacional y para el derecho del público conocer la verdad sobre lo que ocurre en nuestros cielos, y ojalá esta vez sea diferente, sin embargo lo dudo mucho y explico porque.
Considero que a la Task Force on the Declassification of Federal Secrets se les entregaran otros materiales cuyos nombres ya se han filtrado pero ciertamente, nunca han sido publicados o vistos por civiles, por lo que es lógico que no tendrán forma de reclamar al Pentágono que no son los videos solicitados. Serán otros.
Después de todo la secrecia militar nuevamente triunfará sobre el apetito voraz del Congreso.
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